domingo, 29 de marzo de 2026

Malena o la condena de la belleza: memoria, deseo y crueldad

Título original:
Malèna. Año: 2000. País: Italia. Dirección: Giuseppe Tornatore. Guion: Giuseppe Tornatore. Música: Ennio Morricone. Fotografía: Lajos Koltai. Montaje: Massimo Quaglia. Duración: 92 min. Género: Drama. Reparto: Monica Bellucci, Giuseppe Sulfaro, Luciano Federico, Matilde Piana,  Pietro Notarianni 

Malèna es una de las obras más personales de Giuseppe Tornatore, un relato de iniciación envuelto en memoria, deseo y pérdida. Ambientada en la Sicilia de la Segunda Guerra Mundial, la película sigue la fascinación de un adolescente por una mujer cuya belleza la convierte en objeto de deseo… y de condena social. El film destaca por su cuidada estética —con una fotografía de tono cálido y evocador— y por la inolvidable partitura de Ennio Morricone, que refuerza su carácter nostálgico. Más allá de su apariencia de historia íntima, Malèna es también una crítica a la hipocresía colectiva y al juicio moral que una comunidad ejerce sobre quien se aparta de las normas. Una película tan bella como incómoda, que convierte el recuerdo en un territorio ambiguo donde conviven la fascinación y la culpa.

Malena es una elegía a la adolescencia, al descubrimiento del cuerpo —propio y ajeno— y, sobre todo, a la crueldad con la que una comunidad puede destruir aquello que no comprende. Tornatore construye su relato visual desde la memoria, y eso lo impregna todo de una pátina un tanto melancólica. En la película podemos detectar muchas influencias, tanto del cine italiano como europeo: el neorrealismo italiano si bien a diferencia de éste Tornatore introduce altas dosis de lirismo y sensualidad; la huella de Fellini es muy patente, -por ejemplo la iniciación sexual del adolescente protagonista en un mundo donde sus amigos son  testigos fascinados de un mundo adulto incomprensible, donde el deseo se mezcla con la fantasía-, pero donde también laten  la dimensión trágica de Visconti o el erotismo de Bertolucci.

La Sicilia de la Segunda Guerra Mmundial no es tanto un escenario histórico, que lo es, como un territorio emocional: calles polvorientas y bulliciosas, plazas donde el tiempo parece congelado, miradas que pesan más que las palabras. Y en el centro, Malèna — una inconmensurable e inolvidable Monica Bellucci—, no tanto personaje como símbolo. Una aparición. Una figura que encarna la belleza en su forma más peligrosa: aquella que despierta deseo y, por ello mismo, envidia y resentimiento.

La película es, sobre todo una mirada: la del joven Renato, que observa, proyecta e imagina y con la que es fácil identificarse. Pero también es la mirada colectiva del pueblo, mucho más feroz. Porque si Renato idealiza, el pueblo juzga y condena. Y ahí está la herida profunda de Malèna: en mostrar cómo la belleza femenina se convierte en un campo de batalla moral donde los hombres desean y las mujeres castigan. No hay inocencia en esa comunidad; hay envidia, frustración e hipocresía. Y Tornatore no lo subraya con estridencias, sino con una precisión casi dolorosa.

Visualmente, la película roza lo pictórico. Cada plano parece concebido como un recuerdo detenido: la luz cálida, los encuadres ceremoniosos, la cadencia lenta. Y sobre todo, la música de Ennio Morricone, que no solo acompaña sino que intensifica emocionalmente. Es imposible pensar en Malèna sin escuchar ese tema principal, que actúa como una especie de lamento continuo, como si la propia película supiera desde el principio que todo está condenado a la pérdida.

Pero Malèna no es una película complaciente. Hay algo incómodo, incluso perturbador, en su insistencia en mostrar cómo una mujer puede ser reducida a un simple objeto —de deseo, de rumor y de castigo— sin que nadie intervenga. Y esa incomodidad es su mayor virtud. Porque obliga al espectador a enfrentarse a esa mirada colectiva.

El paso del tiempo, tema central en la obra de Tornatore, aquí adquiere una dimensión casi cruel. La Malèna que aparece al final no es la misma que la del principio: el mito ha sido erosionado por la violencia invisible de la comunidad. Y sin embargo, en ese desgaste hay una forma de redención silenciosa, casi imperceptible. Como si la película nos dijera que crecer —para Renato, para Malèna, para todos— consiste en perder algo irreparable.

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