La tercera temporada de La Casa del Dragón arranca ardiendo, y después de una segunda temporada irregular que se pasó ocho episodios colocando piezas en el tablero sin volcarlo, ver el tablero volcado es un alivio físico. La Batalla del Gaznate abre la temporada con una ambición visual que la serie no había alcanzado nunca: dragones despedazándose sobre una flota de la Triarquía, fuego griego, cuerpos, mástiles partidos, el mar convertido en un cementerio. Como puro espectáculo, es de lo mejor que se ha filmado sobre el universo de Juego de Tronos -y no exagero si digo que se cuela entre sus mejores secuencias bélicas y recordad que hay muchas-. Sin embargo, en cuanto se apagan las llamas, conviene hacerse una pregunta, el espectáculo compensa lo ofrecido en la anterior temporada o solo lo tapa con un increíble alarde visual. Porque hay una trampa de origen que explica la propia sensación de arranque triunfal. La Batalla del Gaznate no estaba concebida como principio de nada: era el clímax previsto para el final de la segunda temporada. HBO recortó las entregas de diez a ocho episodios, y ese tijeretazo dejó a la temporada 2 terminando en un anticlímax y trasladó el gran estallido al pórtico de la tercera. Dicho de otro modo: lo que se siente como potencia inaugural es, en buena medida, una factura pendiente que por fin se paga. El episodio funciona, pero la cadencia suena rara por un motivo real. Este "principio" es, en verdad, el final que nos debían.
Eso pesa sobre la muerte de Jacaerys, que debería ser el gancho emocional de todo el arranque y que, en mi opinión, no termina de sentirse. El problema no es la colisión de dragones ni la lluvia de flechas: es que el guion se pasa medio combate convenciéndonos de que Jace se está metiendo él solito en la boca del lobo. Añádesele el cambio respecto a Fuego y sangre —en la serie, Jace ordena a la Guardia Real encerrar a Rhaenyra en sus aposentos para que no acuda a la batalla, algo que en el libro no ocurre; allí madre e hijo planean juntos— y así tendríamos una tragedia que llega precedida de irresponsabilidad, no de fatalidad. Compárase con la muerte de Luke al final de la primera temporada: aquello nos afectaba porque era un niño arrastrado por una corriente más grande que él, inevitable en cuanto se ponía en marcha. La de Jace me dejó más contrariado por cómo llegamos hasta ella que devastado por la pérdida. Resultó deslumbrante pero emocionalmente hueco.
El segundo episodio de de esta tercera temporada, me parece bastante mejor, y creo que no es casualidad: es el capítulo sin gran batalla. Aquí la serie respira, y al respirar demuestra algo que la Batalla del Gaznate casi hacía olvidar: que La Casa del Dragón siempre ha sido mejor como partida de ajedrez que como epopeya bélica, sin despreciar su grandes escenas de acción. Rhaenyra, sacada del duelo a empujones por Daemon y por la profecía familiar, toma por fin Desembarco del Rey con la ayuda secreta de Alicent desde dentro, los capas doradas y los dragones de Ulf y Hugh. La capital cae casi sin resistencia y ella se sienta, al cabo de dos temporadas de rodeos, en el Trono de Hierro. Pero la victoria es sucia, y ahí está lo bueno: se le nota a Rhaenyra que Daemon es el poder detrás del trono, se le nota la vacilación —quiere perdonar la vida a Otto Hightower y luego el asunto se tuerce—, y la decapitación del padre de Alicent deja una mancha que ninguna corona limpia.
Es un episodio de texturas humanas, que es donde esta serie de verdad gana puntos. El reencuentro de Corlys con Alyn, con la promesa de legitimidad, tiene una calidez rara en un relato tan alérgico a la ternura, y refuerza esa impresión generalmente compartida de que este capítulo se parece mucho más al final que la segunda temporada nunca nos dio. Hasta se permite un respiro cómico con el dúo de Larys y Aegon huyendo por los caminos, aunque el tono chirríe un poco: la serie es tan sombría que, cuando bromea, se le ven las costuras. Y en Harrenhal, Aemond arrasa con una resistencia mínima y se lleva por delante al bueno de Simon Strong, el senescal que en la temporada anterior era el único rayo de luz. Duele perderlo, y duele sobre todo porque confirma la política de la casa: aquí lo que alegra, se quema.
Llegamos así al reverso de la moneda, al precio de toda esta velocidad. El mismo empuje que cura el estatismo de la segunda temporada genera un problema nuevo: no hay aire para procesar nada. El duelo de Rhaenyra por Jace, el mazazo de la ejecución de Otto: acontecimientos que deberían dejarnos temblando pasan a toda prisa porque la serie ya corre hacia el siguiente hito. Y en esa carrera, personajes que la segunda temporada había cargado de sentido quedan reducidos a simple mobiliario: Criston Cole es prácticamente atrezzo, y hasta motores del conflicto como Daemon, Aemond o el propio Aegon funcionan a ratos como secundarios de lujo. Olivia Cooke tiene una Alicent fracturada, riquísima, a la que apenas dejan bajar al sótano de su psique. Se salva, y con nota, Emma D'Arcy, que sostiene el arranque con una fragilidad nueva y que a estas alturas me parece una candidata seria a un Emmy: cuando todo lo demás va demasiado deprisa, su rostro es el ancla. El tercer episodio, con Rhaenyra en el Trono de Hierro, nos demuestra, una vez más, que a menudo es más fácil conquistar que gobernar.
Hay en definitiva un salto de calidad enorme respecto a una segunda temporada irregular en todos los frentes, y como experiencia es adictiva, imponente, de una ambición que agradezco después de tanta espera. Pero conviene no confundir el vértigo con la profundidad. El espectáculo que nos deslumbra viene en parte prestado de un final aplazado, y la velocidad que arregla el aburrimiento se lleva por delante el tiempo que las muertes necesitan para pesar. La tercera temporada ha vuelto a encender el fuego, sí. La verdadera prueba —la que decidirá si esto es una gran temporada o solo una temporada espectacular— será si, en algún momento, se atreve a frenar lo suficiente para que ese fuego queme de verdad y no solo ilumine. Por lo que se intuye en estos tres episodios, tengo motivos para el optimismo. Espero no equivocarme.
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