lunes, 6 de julio de 2026

Tercera temporada de "La Casa del Dragón": por fin empieza el espectáculo aunque llegue con retraso

La tercera temporada de La Casa del Dragón arranca ardiendo, y después de una segunda temporada irregular que se pasó ocho episodios colocando piezas en el tablero sin volcarlo, ver el tablero volcado es un alivio físico. La Batalla del Gaznate abre la temporada con una ambición visual que la serie no había alcanzado nunca: dragones despedazándose sobre una flota de la Triarquía, fuego griego, cuerpos, mástiles partidos, el mar convertido en un cementerio. Como puro espectáculo, es de lo mejor que se ha filmado sobre el universo de Juego de Tronos -y no exagero si digo que se cuela entre sus mejores secuencias bélicas y recordad que hay muchas-. 

Sin embargo,  en cuanto se apagan las llamas, conviene hacerse una pregunta, el espectáculo compensa lo ofrecido en la anterior temporada o solo lo tapa con un increíble alarde visual. Porque hay una trampa de origen que explica la propia sensación de arranque triunfal. La Batalla del Gaznate no estaba concebida como principio de nada: era el clímax previsto para el final de la segunda temporada. HBO recortó las entregas de diez a ocho episodios, y ese tijeretazo dejó a la temporada 2 terminando en un anticlímax y trasladó el gran estallido al pórtico de la tercera. Dicho de otro modo: lo que se siente como potencia inaugural es, en buena medida, una factura pendiente que por fin se paga. El episodio funciona, pero la cadencia suena rara por un motivo real. Este "principio" es, en verdad, el final que nos debían.

Eso pesa sobre la muerte de Jacaerys, que debería ser el gancho emocional de todo el arranque y que, en mi opinión, no termina de sentirse. El problema no es la colisión de dragones ni la lluvia de flechas: es que el guion se pasa medio combate convenciéndonos de que Jace se está metiendo él solito en la boca del lobo. Añádesele el cambio respecto a Fuego y sangre —en la serie, Jace ordena a la Guardia Real encerrar a Rhaenyra en sus aposentos para que no acuda a la batalla, algo que en el libro no ocurre; allí madre e hijo planean juntos— y así tendríamos una tragedia que llega precedida de irresponsabilidad, no de fatalidad. Compárase con la muerte de Luke al final de la primera temporada: aquello nos afectaba porque era un niño arrastrado por una corriente más grande que él, inevitable en cuanto se ponía en marcha. La de Jace me dejó más contrariado por cómo llegamos hasta ella que devastado por la pérdida. Resultó deslumbrante pero emocionalmente hueco.

El segundo episodio de de esta tercera temporada, me parece bastante mejor, y creo que no es casualidad: es el capítulo sin gran batalla. Aquí la serie respira, y al respirar demuestra algo que la Batalla del Gaznate  casi hacía olvidar: que La Casa del Dragón siempre ha sido mejor como partida de ajedrez que como epopeya bélica, sin despreciar su grandes escenas de acción. Rhaenyra, sacada del duelo a empujones por Daemon y por la profecía familiar, toma por fin Desembarco del Rey con la ayuda secreta de Alicent desde dentro, los capas doradas y los dragones de Ulf y Hugh. La capital cae casi sin resistencia y ella se sienta, al cabo de dos temporadas de rodeos, en el Trono de Hierro. Pero la victoria es sucia, y ahí está lo bueno: se le nota a Rhaenyra que Daemon es el poder detrás del trono, se le nota la vacilación —quiere perdonar la vida a Otto Hightower y luego el asunto se tuerce—, y la decapitación del padre de Alicent deja una mancha que ninguna corona limpia.

Es un episodio de texturas humanas, que es donde esta serie de verdad gana puntos. El reencuentro de Corlys con Alyn, con la promesa de legitimidad, tiene una calidez rara en un relato tan alérgico a la ternura, y refuerza esa impresión generalmente compartida de que este capítulo se parece mucho más al final que la segunda temporada nunca nos dio. Hasta se permite un respiro cómico con el dúo de Larys y Aegon huyendo por los caminos, aunque el tono chirríe un poco: la serie es tan sombría que, cuando bromea, se le ven las costuras. Y en Harrenhal, Aemond arrasa con una resistencia mínima y se lleva por delante al bueno de  Simon Strong, el senescal que en la temporada anterior era el único rayo de luz. Duele perderlo, y duele sobre todo porque confirma la política de la casa: aquí lo que alegra, se quema.

Llegamos así al reverso de la moneda, al precio de toda esta velocidad. El mismo empuje que cura el estatismo de la segunda temporada genera un problema nuevo: no hay aire para procesar nada. El duelo de Rhaenyra por Jace, el mazazo de la ejecución de Otto: acontecimientos que deberían dejarnos temblando pasan a toda prisa porque la serie ya corre hacia el siguiente hito. Y en esa carrera, personajes que la segunda temporada había cargado de sentido quedan reducidos a simple mobiliario: Criston Cole es prácticamente atrezzo, y hasta motores del conflicto como Daemon, Aemond o el propio Aegon funcionan a ratos como secundarios de lujo. Olivia Cooke tiene una Alicent fracturada, riquísima, a la que apenas dejan bajar al sótano de su psique. Se salva, y con nota, Emma D'Arcy, que sostiene el arranque con una fragilidad nueva y que a estas alturas me parece una candidata seria a un Emmy: cuando todo lo demás va demasiado deprisa, su rostro es el ancla. El tercer episodio, con Rhaenyra en el Trono de Hierro, nos demuestra, una vez más, que a menudo es más fácil conquistar que gobernar.

Hay en definitiva un salto de calidad enorme respecto a una segunda temporada irregular en todos los frentes, y como experiencia es adictiva, imponente, de una ambición que agradezco después de tanta espera. Pero conviene no confundir el vértigo con la profundidad. El espectáculo que nos deslumbra viene en parte prestado de un final aplazado, y la velocidad que arregla el aburrimiento se lleva por delante el tiempo que las muertes necesitan para pesar. La tercera temporada ha vuelto a encender el fuego, sí. La verdadera prueba —la que decidirá si esto es una gran temporada o solo una temporada espectacular— será si, en algún momento, se atreve a frenar lo suficiente para que ese fuego queme de verdad y no solo ilumine. Por lo que se intuye en estos tres episodios, tengo motivos para el optimismo. Espero no equivocarme.

Termina la 4ª temporada de "From", sin apenas margen para descubrirnos todos sus misterios en la 5ª. Influencias de otras series

Hay una imagen en el episodio final de la temporada que resume el enfrentamiento final entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad que nos espera en la quinta y última temporada de la serie: Sophia, que en realidad es el Hombre de Amarillo, camina tranquila por el bosque con una bolsa llena de talismanes robados, se cruza con el Niño de Blanco y, cuando este le avisa de que "esta vez vas a perder", ella se limita a sonreír y vaciar la bolsa dentro del Árbol Lejano. El pueblo entero se queda sin su red de seguridad y nadie se ha enterado. No es un simple gesto sin importancia,  es la demolición del statu quo al que nos habíamos acostumbrado. En la quinta el pueblo descubrirá que no tiene barrera con que defenderse.

La cuarta temporada de "From" sigue teniendo el mismo problema que temporadas anteriores: capítulos que avanzan con lentitud y desaprovechamiento de personajes: Donna, Ethan, Julie hasta el capítulo final en que todo se apresura y se amontona. Si a esto le sumamos que cada vez tardan más las series en sacar sus temporadas, empezamos a temernos lo peor, una buena serie que promete más de lo que ofrece y que corre el riesgo de dejar sin responder sus muchas incógnitas.

Hechas estas necesarias conservaciones, el último capítulo, ha tenido algunas de las escenas más icónicas de la serie y que por momentos me ha hecho reflexionar sobre sus muchas y variadas influencias. Asi tras la demolición del árbol hueco, el árbol de las botellas, la oscuridad cae sobre este universo, tiembla la tierra, la luz rojiza rasga el cielo entre relámpagos continuos mientras las criaturas monstruosas campan por sus anchas. Fátima se transforma en otra monstruosa criatura, conectada con la mente colmena de las criaturas pero que en esta ocasión sirve para salvar a nuestros amigos. Que la criatura sonriente "Smiley" la llame "madre" justo antes de matar a Marielle cierra el círculo con una crueldad muy bien medida. 

Cuando veo al Hombre de Amarillo convertirse en Sophia no puedo por menos que acordarme de "Fringe" y sus cambia formas. Que pueda adoptar la forma de vecinos muertos —lo descubre el pobre Elgin con una vieja fotografía, y le cuesta la vida— reactiva el mismo motor de horror que hacía funcionar a los cambiantes de "Fringe": la paranoia del impostor, la sospecha de que quien tienes al lado ya no es quien dice ser, que la cara conocida es una trampa. Y la tormenta eléctrica, la anomalía atmosférica, el día que se hace noche de golpe es difícil no leerlo con la gramática de "Fringe", esa idea de que cuando la realidad se rompe lo primero que falla es el cielo, el campo electromagnético, el orden físico de las cosas. El pueblo de "From" es, en el fondo, una anomalía sellada, un pueblo-trampa donde las leyes del mundo están corrompidas, ya comenté en otra entrada que el pueblo de "From" me recordaba al capítulo "Bienvenido a Westfield" de "Fringe".Y el esqueleto de la serie es también de otra serie de la casa, ahi está el guionista y productor Jeff Pinkner de "Fringe" y junto a Jack Bender de "Perdidos", sin olvidar a Harold Perrinau, el sherriff Boyd Stevens que interpretó a Michael Dawnson en "Perdidos".

El Hombre de Amarillo y el Niño de Blanco son Jacob y el Hombre de Negro con otro vestuario: dos entidades enfrentadas dentro del lugar, una que corrompe y perpetúa el ciclo de violencia y otra, aparentemente benévola, que guía a los elegidos —a Victor de niño, quizá a Boyd a través de la aparición del padre Khatri—. La deuda con "Perdidos" está como en dicho en el equipo de producción y en el modo de plantear el misterio: la isla convertida en pueblo, el "estamos atrapados y esto tiene reglas", la mitología como caja de puzles. Lo cual trae también la advertencia de "Perdidos": el peligro de prometer un tablero cósmico que luego no se sabe cerrar. "From" está justo en ese filo. Que el final de la cuarta temporada por fin enseñe el marco del conflicto —dos fuerzas, una partida larga— es tranquilizador; pero que lo enseñe ahora, a una temporada del final, da un poco de vértigo. La cuarta temporada es irregular, sí, pero cierra con una de sus mejores horas y deja el terreno abonado para una quinta y última entrega que, por primera vez en mucho tiempo, no tendrá margen para equivocarse. En este sentido "Fringe" funcionaba como un reloj, sabía alternar su mitología con una disciplina de ritmo. "From" tiene la atmósfera y tiene el misterio pero le falta esa disciplina. Cuando la encuentra —y el final demuestra que puede— es tan buena como cualquiera de sus referentes.

Se inicia la tercera temporada de "Silo" con dos escenarios: Nada es lo que parece y el viaje al origen de los silos

El día 3 se estrenó la tercera temporada de "Silo" una magnífica serie distópica de ciencia ficción que ha empezado la temporada con un cambio total de registro. Después de dos temporadas preguntándonos qué es lo que hay fuera del silo, ahora la pregunta es qué está sucediendo en realidad en las altas esferas del poder del Silo tras  la muerte de Bernard que se produjo al final de la temporada anterior y que ha aupado a nuestra carismática protagonista Juliette a la alcaldía del silo. Juliette vuelve convertida en alcaldesa pero sin memoria, y el episodio revela dos cosas que nos dan muy mala espina:  Sims mató a Bernard (que sobrevivió al fuego) y a Juliette la están drogando para que no recuerde nada. Quien controla el pasado controla el presente. 

Juliette se mueve entre la aparente protección del actual establishement que la utiliza como símbolo en su afán de seguir controlando los destinos del silo y la desconfianza de sus antiguos camaradas que no se fían de lo que realmente está pasando con una Juliette amnésica. Sin olvidar lo que ya descubrimos en la temporada anterior: el Safeguard, la salvaguarda, un veneno en las esclusas capaz de arrasar a toda la población de un silo que quiera escapar y el poder que hay detrás del poder, o sea detrás del Consejo, La Voz, El Algoritmo.

Al mismo tiempo, asistimos a una segunda línea temporal,  el Washington preapocalíptico, 353 años atrás,  con la periodista y el congresista Keene, la bomba sucia y  los orígenes de los silos. Pero aquí hay un peligro y es el de diluir la tensión de la trama principal. La trama de los orígenes  de los silos carece de la urgencia del thriller de supervivencia. El inicio me parece de los mejores de la serie a nivel de atmósfera e idea, pero la amnesia es un arma de doble filo  y el salto al pasado es un riesgo que puede desinflar la tensión. 

Al margen de esta consideración general hay tres hilos de los que hay que tirar: los mensajes cifrados que empieza a recibir Juliette de alguien anónimo —mientras unos la drogan, otros intentan devolverle la verdad-,  el grupo enmascarado que asalta una planta y desaparece sin dejar rastro, que sugiere que el "orden restaurado" que vende Sims en el consejo es puro decorado; y sobre todo ese objeto que enlaza las dos épocas, el dispensador Pez con forma de pato, que es la costura entre el silo y el Washington pre-apocalíptico. Ese dispensador es la prueba material de que las dos líneas son la misma historia: la verdad escondida en lo cotidiano.