En la segunda temporada el futuro del mundo está nuevamente en juego, y reune a héroes y villanos (los de la corporación Apex) en Isla Calavera y posteriormente en una misteriosa aldea del sur de Chile vinculada a un titán mítico que emerge del mar, el Titán X, una fuerza casi mitológica con un poder de consecuencias catastróficas. Además de este titán tienen también mayor presencia que en la primera temporada Kong y Godzilla. En esta temporada hay por lo tanto más monstruos y más espectáculo, pero no se abandona el drama íntimo. La temporada profundiza en Keiko, en Lee, en la familia Randa y en la idea de que Monarch no es únicamente una organización científica o gubernamental, sino una herencia familiar llena de sacrificios, errores y decisiones controvertidas y contradictorias.
El Titan X funciona muy bien porque no sólo es un nuevo monstruo. Tiene misterio, dimensión emocional y una relación especial con Cate, lo que hace que la temporada no dependa únicamente de la destrucción o del combate de estos monstruos. Y es que hay una pregunta que tenemos que hacernos: ¿y si algunos titanes no fueran solo amenazas, sino seres desplazados, perdidos, confundidos, arrancados de su propio universo? Esa idea le da a la serie un tono más melancólico y trágico. El final de temporada ofrece el esperado enfrentamiento entre Kong y Titan X, pero no se queda en la pelea. El cierre combina acción, emoción y una despedida especial entre Cate y el Titan X, además de dejar encaminada una nueva etapa de Monarch, casi una “Monarch 2.0”, con Cate, Keiko, May y Tim como núcleo de una organización más pequeña, más humana y más cercana a la investigación directa.
Monarch tiene algo que no siempre consigue el cine del MonsterVerse: una escala humana dentro de una mitología enorme. Uno de sus mayores aciertos es el reparto. Kurt Russell y su hijo Wyatt Russell dan una continuidad muy especial al personaje de Lee Shaw; muestra cómo el tiempo transforma a un mismo hombre sin borrarle del todo la mirada. Anna Sawai aporta a Cate una mezcla de fragilidad y determinación que hace creíble su evolución. Y Mari Yamamoto, como Keiko, se convierte en una de las grandes columnas emocionales de la serie. La serie habla de padres desaparecidos, hijos que heredan secretos, científicos que creen estar salvando el mundo y terminan malogrando su propia vida. Monarch es más que una simple serie de monstruos. Es aventura, sí, pero también es melodrama familiar, ciencia ficción, conspiración institucional y un relato de duelo.
Visualmente, la segunda temporada mejora: la Isla Calavera, las grietas o portales, el mundo intermedio, las apariciones de Kong y del Titan X: ofrecen una presencia espectacular pero el espectáculo no devora a los personajes. En el último capítulo, por ejemplo, el combate importa, pero emociona más la despedida, la mirada entre Cate y Titan X, la sensación de que incluso una criatura colosal puede estar buscando como volver a casa. No es una serie perfecta. A veces se toma demasiado tiempo en tramas secundarias. Los monstruos más interesantes no son los que destruyen ciudades, sino los que obligan a los personajes a mirar lo que llevan dentro.
Monarch: El legado de los monstruos nos cuenta una historia cada vez más sólida, más emotiva y más consciente de su identidad. La primera temporada construye el misterio; la segunda lo expande con más ambición y con mejores momentos de espectáculo. Y, sobre todo, deja la sensación de que esta serie todavía tiene recorrido. Porque bajo los rugidos, las grietas dimensionales y las pisadas de Kong, lo que late es la historia de una familia. Y eso, curiosamente, es lo que hace que los monstruos parezcan más grandes.




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